Entrevista

'Chema' Cotarelo: «La nostalgia es inevitable en mi poesía»

'Chema' Cotarelo: «La nostalgia es inevitable en mi poesía»
C. C.

El polifacético autor asturiano, residente en Maracena, presentó el pasado mes su último poemario en Argentina

J. I. CEJUDOMARACENA

El autor asturiano José María 'Chema' Cotarelo, residente en Maracena desde hace más de treinta años, fue invitado recientemente a las jornadas 'Villa Carlos Paz rumbo al VIII Congreso Internacional de la Lengua Española Córdoba 2019 (CILE)' en Argentina, con la presencia de Luis García Montero, e inauguración a cargo de los Reyes de España y del presidente argentino Mauricio Macri. En este encuentro presentó su último poemario 'La nieve y las campanas'.

-¿Qué implica para usted su asistencia al marco de Villa Carlos Paz rumbo al VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, junto a Luis García Montero entre otros?

-Lo primero, emoción; una enorme emoción y un tremendo honor por ser invitado a tan trascendental evento, y a la vez un privilegio, puede que inmerecido, que conmociona al saberlo. El hecho de compartir con gente tan interesante de tantos países es una alegría añadida. La sensación es de una enorme inquietud por aprender todo. Inquietud y responsabilidad. Uno quisiera no perderse nada y saber recoger cada cosa. Lo malo es no poder estar en las más de 400 actividades que hay programadas. Yo aporto un pequeñísimo grano de arena al dar a conocer a gente que aún la desconoce la figura esencial de José Bello Lasierra, 'Pepín Bello'.

-Participará para disertar, por un lado, sobre Pepín Bello, y por otro sobre su nuevo poemario 'La nieve y las campanas'. ¿Qué ha supuesto Pepín Bello para la poesía española y para su posterior obra?

-Pepín Bello tuvo mucha importancia en la prolífica y rutilante generación del 27 como inductor de ingenios y aglutinador de genios, así como su vasta nómina de personajes de las tres grandes generaciones con las que compartió su larga vida. Un siglo completo en el que supo ilustrar cada uno de sus días con amistad, generosidad, sapiencia y buen humor, todo ello sazonado con su elegancia y su saber estar. Pepín influyó de un modo claro y definitivo no sólo en la cohesión del grupo, sino que fue el inductor, el provocador de grandes obras de Lorca, Dalí, Buñuel y otros muchos. Yo le tengo que agradecer la cariño que me ofreció, él que era altar de la amistad, y una carta prólogo que se incluye en el libro y que me llena de alegría.

-'La nieve y las campanas' se divide en tres capítulos con un último apartado de dedicatorias. ¿Cómo construyó el poemario y qué señas de identidad lo caracterizan?

-Esta obra se ha convertido en un hijo ahora deseado pero que fue gestado y tomando forma sin apenas ser siquiera ser yo consciente de ello. Se puede decir que se construyó solo a lo largo del tiempo. Sus inicios surgen en Cuba por una compilación antológica sobre mi obra por parte de Miladis Hernández Acosta, 'Navigium Isidis', que a modo de cajón de sastre fue reubicando poemas dispersos bajo este título, alguno de ellos leído personalmente a Pepín Bello. Un poema escrito tras la marcha de alguien querido por aquí, unas líneas ante una noche desasosegada, el anhelo de un sueño, la emoción de una mirada, el recuerdo de una fecha, una caricia, un lugar, un latido... Y así se van desgranando palabras y sentimientos. Van naciendo poemas hechos de sueños y del barro de las palabras. Sus señas de identidad coinciden quizás con sus partes: una primera mirada al tiempo pasado, una segunda parte sobre temas más o menos filosóficos, metafísicos o existencialistas junto a una mirada de horror y dolor al mundo; y una serie de dedicatorias que siempre son un placer ya que recogen guiños y agradecimientos a personas que han aportado a mi vida.

-Se ha destacado en su poesía el peso de la nostalgia y también de la lucha social contra la injusticia. Cuando escribe, ¿qué sentimientos tienden a poseerle la mayor parte de las veces?

-Bueno, la nostalgia, que a pesar de todo es una traición, es, sin embargo, inevitable. No hace mucho escribí un largo poema sobre el regreso de Ítaca. Quizá es que, a estas alturas de la vida, uno presiente que ya todo es regreso hacia no se sabe qué patria, puede que a uno mismo, a esa interioridad donde están depositados todos los sueños y los dolores, todas las ansias y las pasiones, todas las soledades y las horas de felicidad compartida; aquello que de algún modo nos configura. Por otro lado, un poeta, que es también relator de su tiempo, debe dar voz a aquellas cosas que a veces pasan desapercibidas en el vértigo del día a día, debe dar testimonio de cuanto dolor hay en el mundo, denunciar las injusticias, no olvidar a aquellos que sufren en silencio.

-De nuevo se vuelve a editar un poemario tuyo en Argentina. ¿Cómo acoge este país hermano su poesía?

-Mis lazos con Argentina y sus gentes son fraternales, familiares. Fui acogido desde primer momento como uno de ellos. Son gentes con una honda sabiduría producto de su pasado, que disfrutan y paladean cualquier tipo de arte. Gente muy creativa y de profunda sensibilidad. Siempre pensé, y ahora confirmo, que esos horizontes lejanos de la pampa, solitarios crepúsculos en esa inmensidad, provocan un florecimiento muy enriquecedor internamente en la persona que les dota de esa extraordinaria sensibilidad. He sentido cómo han profundizado en mis libros de una forma muy interactiva. Es muy grato ver cómo participan en comentarios activos y directos con el escritor creando además lazos personales.

-En su obra ha tenido un gran peso Vicente Aleixandre, al que conoció personalmente. ¿Cómo describiría esa influencia?

-Toda persona deja un poso, un rastro, una estela en nuestras vidas. Vicente Aleixandre fue una guía, una estrella que alumbró mis inicios. Era un hombre excepcional, un ser humano único, un gran poeta, un maestro. El hecho de conocerlo me impactó tanto que por un tiempo dejé de escribir. Quizá que necesitaba reposar aquella larga emoción que aún me acompaña hoy en día.

-¿Cómo empezó a escribir poesía?

-Creo que fue cuando empecé a tener conciencia de la brevedad del tiempo, de que la vida es un soplo, un suspiro, al tañido de una campana. Quizá antes de escribir poesía ya la pensaba, la vivía. Cuando naces en un sitio de clima hostil por su intenso frío y nieve en el largo invierno, sus largas y oscuras noches, la intensa soledad de las horas te impacta profundamente. Te acostumbras a mirar todo con otra perspectiva y un día sientes la necesidad de escribir o gritar todo lo visto y vivido, pero no para contar cómo es, si no para aliviarte de enorme sentimiento que te oprime por dentro.

-Nació en Asturias y acabó colaborando con medios granadinos. ¿Qué le trajo a esta tierra y, en concreto, a Maracena?

-Esencialmente razones laborales. Hubo un tiempo en el que tuve que decidir una ciudad, y esa ciudad fue Granada, pero también me atraía vivir en un pueblo, y Maracena reunía todas las condiciones: tranquilidad, cercanía y ese ambiente familiar que te hace partícipe de la comunidad; el hecho de saludar a los vecinos, de conocer a la gente y saludarte cuando cruzas la calle. La cercanía que hay en los pueblos no la hay en las ciudades. Uno busca la calidez de la sonrisa, del abrazo, de la palabra cercana y amiga. En un pueblo uno no se siente extraño. Maracena es una ciudad moderna que en los últimos años ha experimentado un cambio notable, no se parece mucho a la que llegué hace treinta y tantos años. Es de justicia destacar su notable interés por la cultura.