Nace la asociación Suma: talleres para fomentar la socialización

Nace la asociación Suma: talleres para fomentar la socialización
ALFREDO AGUILAR

La maracenera Flora Barcos crea en el municipio un nuevo proyecto de reunión bajo el pretexto de la restauración de muebles para ayudar a personas vulnerables

JOSÉ I. CEJUDO

«La soledad, cuanto tú la eliges, es muy importante y muy gratificante, pero la soledad impuesta es muy mala». Son palabras de Flora Barco, vecina maracenera y funcionaria en el Ayuntamiento de Granada por las mañanas. Habla con el corazón en la boca y reflexiona sobre lo aprendido con su hijo Nicolás, de 33 años, que quedó minusválido cuando con trece le arrearon una patada jugando a fútbol y le reventaron la aorta. De esas enseñanzas vitales diarias y de su afición por la restauración de muebles surgió la idea de crear Suma, la asociación que desde el 1 de octubre es ya una realidad en Maracena. Un lugar donde se ofrecen ocupación, conversación y, sobre todo, calor humano para abrigarse de la soledad.

Las razones de Flora Barco son sencillas y puras de amor, como ella es. «A modo de hobby empecé a restaurar unas cornucopias de mi madre, como el que va a hacer costura o cerámica, y me enamoré. Me planteé que en Maracena no había nada así, en parte porque necesitas mucho espacio para un taller así para mover muebles tan grandes», se planteaba hace unos años. «Me rondaba la idea. Ya entonces llevaba al taller a mi hijo para que hablara con la gente y se relacionase, porque no podía llevarlo y traerlo a Granada a la asociación que existe, y de ahí viene todo. Quería montar un tipo de taller también para gente como mi hijo», cuenta, satisfecha, Flora Barco. «Quizás no podría darles una salida laboral, pero sí una obligación para levantarse, venir, desayunar, merendar… darles vida. Quería una asociación viva, nada de jerarquía ni estatutos, nada de ghetto. Quería una asociación viva para que personas con cierta minusvalía, vulnerable, parada o con algún problema se relacione con otras personas», explica la maracenera.

Y lo consiguió. Tras un año en busca de un local, consiguió un alquiler razonable en el número 1 de la plaza Era Baja, junto al reloj de sol. La asociación Suma, por ahora, sale adelante «con unos ahorrillos míos y de Nicolás», cuenta Flora. Aunque el Ayuntamiento de Maracena les ha atendido en todo momento, primero tenían que echar a andar solos. Esperan recibir más ayudas y subvenciones con el tiempo. El local, lo suficientemente espacioso para la actividad que se pretende llevar a cabo en el interior con la restauración de muebles, al principio parece una tienda. Nada más lejos. Es un hogar social para gente que quiere sentirse querida y en el que se imparten talleres tres días a la semana.

«Vienes con tu mueble, pagas 28 euros de cuota de asociación sin que se cobren los talleres y yo te enseño a hacer tu mueble», simplifica Flora. «Es muy gratificante, y mi hijo Nicolás está muy contento. Viene todos los días a las diez de la mañana y abre junto a Juan, el tapicero, del que es aprendiz», relata con una sonrisa muy limpia. «Esto es un no parar. Empiezan a tapizar o a hacer cualquier otra cosa que nos haya entrado, atienden gente toda la mañana. Luego, además, se imparten talleres martes, miércoles y jueves de 17h a 21h. Los miércoles viene Asunción Herrera como monitora y los jueves, además, tenemos de 10h a 13h a Trini Escobar», describe. «Todo está enfocado a la restauración y a manualidades muy específicas y originales», concreta. Y sin embargo, es la excusa para un bien mucho mayor. El de la felicidad por el camino de la comprensión.

En apenas un mes cuenta ya con once alumnos. Con todos se procura tener un momento de paz en torno a la mesita de las meriendas, que Maritoñi surte. «Es un espacio en el que se charla y se ríe, porque no todo el mundo está bien siempre y eso se detecta, por eso la reunión en torno a la mesita es tan importante. Hay gente que, sin necesidad de una minusvalía ni problemas económicos, no tiene relaciones, o están en duelo. Por eso ando siempre diciendo tonterías y metiéndome con la gente. Porque las terapias se hacen cuando quien las necesita no se da cuenta», reflexiona Flora Barco, con la experiencia de su hijo Nicolás.

El amor nunca resta

El trabajo con muebles y materiales reciclados, del que surgen formas bonitas, nuevas y coloridas normalmente, genera el contexto ideal. «Cuando trabajan en sus muebles se desinhiben mientras yo les hago preguntas y las conversaciones surgen espontáneas, invitan al resto. Se interactúa de forma involuntaria», expresa. «Se trata de que la tristeza desaparezca o se minimice, aunque no tengamos la varita mágica. Esto se convierte en una comunidad de vecinos en la que todos hacemos de psicólogos aunque ninguno lo seamos, pero nos sentimos importantes», traza Flora como esencia de Suma, la asociación que nunca resta, como el amor.

Entre los once alumnos de los talleres de la asociación Suma hay seis personas con algún tipo de minusvalía. Todos, los once, tienen una historia personal que los ha marcado, y todos se sienten cada día más a gusto. Al igual que hacen con los muebles, también matizan sus vidas, con otro color más alegre. Dice Flora Barco que a su hijo Nicolás la asociación le ha «dado la vida». «Esto es desconectar de la rutina, porque en mi casa sólo veía la tele y estaba encerrado todo el día. Es una distracción y además ayudo a mi madre mientras atiendo a la gente y hablo con ellos, porque en casa no me relacionaba con nadie», cuenta el propio Nicolás. El tapicero Juan, maestro con su propio taller en el local, es la tercera pata de Suma, tan imprescindible como el resto. «Me gusta enseñar a la gente, es un trabajo muy bonito. Ves cómo aprenden y se van conociendo entre ellos», explica. Todos se sienten útiles. Todos se sienten queridos. Todos suman.

 

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